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Artículos literarios y poesía

EL PERDIGALLO

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EL PERDIGALLO

 

Aquí tenía este nombre el conocido tirachinas; era juguete y también arma a nuestra medida. Siempre en un bolsillo del pantalón y el otro lleno de pequeñas pitas para tirar. Fuente por igual de alegrías y penas. Cuando matábamos algún gurriato o tordo nos parecía una hazaña, pero también “matábamos” algún cristal, “sin querer”.

La peor fechoría, que me hizo pasar la mayor vergüenza de mi vida no la causó el perdigallo, sino la versión moderna, corregida y mejorada, la flamante carabina que nos regaló el abuelo; parecía magia, a una distancia enorme, caían los pájaros como moscas.

Un día, medio sin querer, desde el corralillo de la cochera, que nadie me veía,  rompí unos cristales de un ventanuco de la casa del Zurdo. Llamó a padre, empezaron las averiguaciones y, acorralado tuve que confesar. Nunca esperé esta reacción de padre, pero esto que cuento pasó. Seguía padre hablando con el Zurdo pero sin manifestar especial enfado:

“Bueno, -dirigiéndose a mí- te vas a  coger el metro, una libreta y un lápiz y te vas donde el Zurdo y tomas la medida de los cristales y luego vas donde Mariano el del taller para que te los corte. Vienes con ellos, se los colocas, le pides disculpas y ya está. Lo pasé tan mal aquella mañana, con mis siete u ocho años, que me resulta hasta difícil de explicar. Ya lo pasé mal tomando las medidas, bajo la mirada de los dueños, pero peor fue lo del taller. El taller es punto social de reunión de los hombres del pueblo a nada que tengan un rato libre, y allí me veis a mi encargando los cristales. Cada uno me decía una guasa cada vez con  más socarronería y puyazo tras puyazo yo me iba ablandando hasta las lágrimas, pero no era llorar lo que quería, sino desaparecer del mapa.

Pasado este negro incidente, la carabina del abuelo tuvo un final glorioso donde los haya. Fue perdiendo fuerza de tantísimos tiros y al final, no salían por el cañón ni los balines de vaso, por lo que decidimos venderla.

Un día de verano pasó Mengano, por omitir el nombre,  camino de Canillas   y se paró a hablar con padre, que aprovechó la ocasión para ofrecérsela previa prueba de su perfectísimo funcionamiento  ante testigos. Iba el canillero  a cogerla para probarla y padre, una y otra vez, adelantándose, se la quitaba, mientras le decía  con una de sus mejores interpretaciones teatrales:

“Cuidado, que la carga el diablo, que esto tiene una potencia descomunal”

Y mientras, aparecimos  entre bastidores para hacer la demostración de la  potencia de “todo el aparato”, como decía  padre  en perfecto remedo del  Litri en las ferias de ganado. Nosotros estábamos  cagaos por el bochorno que iba a resultar cuando no saliera el balín. Tiramos desde el poyete de casa hasta la puerta de la bodega del Desiderio, no más de seis o siete metros, que no era nada. Y padre parecía tan tranquilo haciéndose de rogar antes de disparar, hasta que al fin dice: “Diles a los chicos que se aparten” para maximizar la situación de peligro; en realidad no había nadie que tuviera que apartarse. Por fin dispara y nosotros oímos un chsssssss, como cuando sale el aire de una rueda pinchada; ¡claro que no había salido el balín!  Y eso era el poco aire comprimido que mandaba el muelle y que se salía por las juntas ya pasadas. Y ahí llega la actuación estelar de padre, se adelanta rápido hasta la puerta de la bodega, que era la diana, como para ver el destrozo causado y empieza a buscar el impacto y al no encontrarlo dice, “tiene tanta potencia que ha quedado clavado en la madera tan profundo que ni se ve, allá andará que no la haya atravesado”. El buen hombre de Canillas abría los ojos como platos intentando ver algo, o quizás hipnotizado,  pues  se la llevó, con el balín de prueba sin salir ni nada.

Sin carabina de aire comprimido tuve que volver al perdigallo y a la honda que me hizo el abuelo. La utilizaba para espantar a los tordos de los cerezos, que no nos dejaban una picota sana. Tenía su peligro al girarla sobre la cabeza para después soltar uno de los cabos y lanzar la piedra. No se tenía ningún tino, pero se lanzaban pitones bastante gordos lejísimos.

Pero el recurso más fácil y socorrido seguía siendo tirar piedras a mano, a machote o a sobaquillo; era una manía tan arraigada que a día de hoy, si voy por el campo, se me va la mano a las mejores piedras para tirarlas. También esta manía me trajo algún disgusto cuando le di en la cabeza a la Carmencilla de la Paz, y eso sin tirar a dar.

 

Ramón

Autor: palabraypoesiarfdez

Disfruto buscando la belleza en la poesía, la literatura, la música y la Naturaleza.

5 pensamientos en “EL PERDIGALLO

  1. Yo tenía un tirachinas, y muy bien hecho, también lo llamábamos tirador. Preciosa tu entrada Ramón. Son hermosos recuerdos, objetos, juguetes de nuestra infancia escondidos en el tiempo. Mi abrazo.

  2. Maravilloso, me entusiasman tus relatos, Ramón, tus expresiones y palabras que incorporo a mi “particular diccionario” porque las desconozco. Cuando se pasa una niñez feliz, la memoria es una gran aliada para proporcionarnos sonrisas en esta edad nuestra que tanto le gusta recordar. Muchas gracias.
    Un fuerte abrazo.

  3. Lo que son las cosas, y lo que hace el tiempo, la carabina de aire comprimido, que era el “no va más”, de tan pequeño, nunca más me volvió a gustar, y creció, sin embargo mi admiración por la Naturaleza, que nunca me ha abandonado.

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