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Artículos literarios y poesía


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EL HUERTO DEL ABUELO

EL HUERTO DEL ABUELO

 

 

-Vamos al huerto, abuelo,

Te ayudaré a regar

Y me enseñas el nido

A ver si ya han nacido

Los pajarillos.

-Vamos, tunante

Pero meriendas antes

Que estás hecho un tirillas.

 

De camino a las eras,

 

-¿Qué le pasa a ese pájaro

Que no puede volar?

-Un engañapastor,

No corras detrás de él,

Que no le vas a pillar,

Se hace el herido

Para alejarnos del nido

-¿Y el nido del huerto?

-Ves esa cardera,

Si te asomas con cuidado

Verás a la madre

Echada en los huevos,

Pero no lo toques

Pues los aborrece.

-¡Es una chirriona!

¡Ha echado a volar!

Tiene cinco huevos

¡Déjame dar a la noria!

-¡Ves como no puedes!

Anda chimiluces,

Tráeme el cunacho

Y vamos metiendo

Un par de  lechugas

Que van espigando

Los tomates rojos

Perejil, pepinos

Y las zanahorias.

Vámonos a casa

Que va siendo tarde

Y viene la fresca

-Abuelo, te ayudo

A llevar el cesto

 

Ramón

 

 


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HACIENDO CESTOS

HACIENDO CESTOS

 

En el otoño avanzado, verdes aún los mimbres, recogidos en haces en un rincón sombrío del  corral, esperan con paciencia días de lluvia, intempestivos, fríos, de esos días malos que no dejan hacer trabajo alguno más allá del corral de la casa. Son días de pelliza y sotechado, de partir buena leña de la barda,  sacar el estiércol de las cuadras,  limpiar gallineros y arreglar conejeras, limpiar los nidales de las palomas, cascar almendrucos, y otros tantos trabajos y arreglos que siempre surgen en las casas de labranza llenas de animales domésticos.

En días de estos, el abuelo comienza a preparar la tarea lenta y artesana de tejer cestos de mimbre; los más grandes, para el transporte de la uva,  y los cunachos covanillos para otros muchos usos, además de la uva.

Yo me siento en un tronco, con el abrigo abrochado para ver cómo lo hace, y, hasta le ayudo, a veces, acercándole cosas que me pide. Lo más seguro es que en vez de ayudarle,  sea un estorbo, siempre de danza, para acá y para allá zascandileando, pero él nunca me lo dice.

En un lugar amplio, plano y despejado del sotechado, va colocando mimbres y los ordena en forma de estrella, con la parte más gruesa en  el centro, lo que será, una vez terminado, el fondo  del cesto. Va pasando  mimbres finos y dóciles, de forma circular,  entre los gruesos que son el armazón. Terminado el fondo, dobla con cuidado las guías en ángulo recto, y sigue tejiendo en vertical, vuelta a vuelta, apretando bien los mimbres con una madera estrecha, para que la trama quede bien tupida. El cesto va tomando forma  a base de tiempo y paciencia, y, a la altura deseada,  hace el remate del cesto, el rodete,   tejiendo  los finales delgados  de los mimbres guía.

Terminado el cesto grande, me mira y sonríe, cansado y satisfecho.

-¡Anda! Dile a tu madre que vas con el abuelo a merendar a la bodega.

El ágape es frugal, unas tiras de bacalao con pan y un vaso de gaseosa teñida con unas gotas de vino, pero la compañía es incomparable. La lumbre bajera del fogón de la bodega resalta las arrugas del rostro cansado y dulce del abuelo. Los dos vivimos un momento de felicidad tranquila y sencilla hasta el extremo; en sus rodillas, sobre los surcos del viejo pantalón de gruesa pana parda, me siento como en un cojín del cielo; cojo su boina, y me entretengo con su viejo reloj de bolsillo, que saco del chaleco, también de pana. Percibo un olor entrañable y me dejo envolver por un aura invisible de ternura.

-¡Vamos a casa, pendolista!, que va siendo tarde.

De su mano dura y callosa, a la vez blanda y suave, vuelvo a casa.

 

Ramón


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TE ME ACERCAS

TE ME ACERCAS

 

 

Te me acercas  silenciosa

Detrás de mí, pasos lentos

Siento  tu cuerpo en mi espalda

Tus  manos sobre mis ojos

Acariciando mi frente

Tus pómulos de amapolas

Tu aliento de rosas frescas

 

Me doy  la vuelta despacio

Y te  acarician mis ojos

Los limones de tus pechos

Con los pezones de fresa

 

Cuando bajas la mirada

Mis ojos se hunden  con miedo

En tus párpados oscuros

Ribeteados  de negro

 

Mi corazón se acelera

Cuando me respiras  cerca

Mordisqueo por tu cuello

Debajo de tus orejas

 

Sueño en  mis manos limones

En mi boca rojas fresas

 

R.F.

 


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CÁMARA OSCURA

CÁMARA OSCURA

 

 

Los altos cuarterones de la ventana de la habitación, que mira al saliente, dejan una rendija, apenas perceptible, que se convierte en magia de colores y movimiento en las alegres siestas de verano, siestas de no dormir y de contar fantasías, y siestas con sorpresa, con fotos de moviola y de milagro.

Durante un largo rato solo reina la oscuridad; poco a poco, se empiezan a ver movimientos difusos de luz y de reflejos sobre el techo blanco de cielo raso; de pronto, la imagen, algo distorsionada pero con colores nítidos de un tractor azul con remolque que, a la vez, oímos pasar. Nos quedamos mudos sin encontrar una explicación; incrédulos, intentamos averiguar cómo llegan estas imágenes hasta ahí, por qué conducto extraño y misterioso se transforman el techo y la pared durante unos segundos en una pantalla de cine tan rara y enigmática.

Contamos, llenos de entusiasmo, el hallazgo a nuestra madre que, algo incrédula nos mira con una sonrisa, y, sin decir nada, sigue trasteando en las  muchas tareas que conlleva  esta casa tan grande y llena de hijos.

 

Ramón