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Artículos literarios y poesía

LAS ADOBERAS DEL CASTELLAR

4 comentarios

 

5º-LAS ADOBERAS DEL CASTELLAR

 

Muy cerquita del pueblo, en un llano en la parte alta de las bodegas, al pie del Castellar, estaban las adoberas. Eran unas charcas someras alimentadas por un pequeño manantial de aguas colgadas procedentes del páramo como docenas de ellos repartidos por el término. La tierra roja y arcillosa sobre la que estaban, pues hace años que han desaparecido, era perfecta para la fabricación de adobes; solo faltaba añadir la paja al rojo barro. De tanto extraer tierra para su fabricación se había formado un talud bastante alto en el que había algún nido de abejaruco, aunque no era precisamente la tierra más dócil para excavar los profundos túneles en que anidaba este bellísimo pájaro. Recuerdo haber visto hacer los adobes con el molde de madera;  alineados a pleno sol seguramente por millares,  llenaban la explanada hasta que se secaban y estaban listos para su uso.

Pero este uso, para nosotros carecía de importancia; lo que realmente nos atraían eran las propias charcas para jugar hasta perder la noción del tiempo. Al ser tan someras, no llegando, en lo más hondo a cubrir ni hasta las rodillas, el agua  estaba tibia y rebosante de vida; cuajada de ranas, sapos, renacuajos, enclaraguas, zapateros, ditiscos, larvas de libélula, incluso tritones con la raya de la cabeza a la cola, contándose por millares los renacuajos, tanto de rana, más claritos, como de sapo común y partero, totalmente negros. Aquí llamamos cuculillo al sapo partero, supongo que por el canto  que emite en las noches de celo, en cuyos sonidos  encuentro un remedo con el canto del autillo; y llamamos ponzoño al sapo común, que el abuelo decía que caían del cielo en las tormentas de verano. Con los sapos teníamos cierta prevención pues soltaban a través de la piel una sustancia húmeda, ponzoña, que nos impregnaba las manos y pensábamos que era venenosa. Las ranas, para su desgracia, se  convertían de inmediato en juguetes y, muy a menudo corrían una suerte poco deseable en nuestras manos de niños, “no tan inocentes”. De ahí podría venir la maldición gitana, “así te veas como pájaro en mano de niño”.

Pero, sin duda, el rey de los pasatiempos relacionados con las charcas, algo único y nunca más repetido, era hacer canales alrededor, con sus puentes y todo, para después, comunicarles con la charca para que pasara el agua; por ellos navegaban barcos hechos de cualquier material flotante, con pasajeros  y mercancía para comerciar. Los pasajeros más socorridos eran, como siempre, los más fáciles de atrapar en los alrededores, los saltamontes a los que lastrábamos o “convencíamos” con métodos expeditivos, para que no huyeran de su puesto en cubierta. Cuando nos cansábamos de tanta ida y venida por el canal, solíamos hacerles naufragar de manera bastante afrentosa.

La hora de volver a casa, al oír el reloj de la plaza o al ver que empezaba a oscurecer, llegaba de improviso y con cierto sobresalto, pues es entonces cuando pasábamos revista a nuestras ropas, y, según estuvieran de adornadas podíamos prever la regañina o, en su caso algún que otro coscorrón.

Abandonábamos con pena nuestras obras de ingeniería y, a menudo las deshacíamos antes de irnos, pues preferíamos hacerlo nosotros a que disfrutaran  rompiéndolas los chicos de  otra cuadrilla, cosa que harían con certeza absoluta cuando pasaran por allí.

 

Ramón

Autor: palabraypoesiarfdez

Disfruto buscando la belleza en la poesía, la literatura, la música y la Naturaleza.

4 pensamientos en “LAS ADOBERAS DEL CASTELLAR

  1. Julie y tu habéis vivido intensamente una infancia rural; ambos sois un prodigio de memoria y gracias ello atesoráis vivencias que son historia, una historia merecida ser contada.
    Yo he disfrutado muchísimo con el relato de hoy, Ramón, así que muchas gracias por compartirlo.
    Un gran abrazo.

  2. Todavía conservo el molde de madera donde mi padre hacía los adobes. Yo le ayudaba… Me hiciste recordar tantas cosas de mi infancia… Un abrazo y feliz año, Ramón.

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