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CARBURO

2 comentarios

CARBURO

 

 

También en los aledaños de las charcas, en la pradera que las rodeaba, o en las cercanas bodegas, poníamos a prueba nuestra adrenalina. A mayor riesgo en el juego o fechoría, mayor satisfacción al haberla ejecutado sin percance. A tenor de esa máxima, el culmen del riesgo lo ostentaba el carburo; era una piedra mágica, lo tenía todo, más aún que la pólvora y los fulminantes  para cartuchos que tenía padre en el desván. El carburo lo superaba todo. Lo tenía el abuelo guardado en un rinconcito de la bodega, en el sitio más seco, y muy bien cerrado en un bote metálico. Se utilizaba  la lámpara de carburo para iluminar la bodega y para buscar caracoles que se veían de maravilla con esta potente luz blanco azulada.

Con todas las precauciones, cogíamos una piedrecita de carburo, color gris oscuro, que manchaba y se ponía caliente nada más tocar algo de humedad, y, bien envuelta en papel, la llevábamos en el bolsillo. Su poder magnético congregaba, como por arte de magia a toda la pandilla y, de inmediato empezábamos los preparativos. Cogíamos un bote de tomate vacío y, con la navaja, le hacíamos un agujerito en el fondo. En un hoyo pequeño, poco mayor que un “gua”, echábamos agua o, en su defecto nos meábamos; luego introducíamos la piedra de carburo que, de inmediato empezaba a borbotear, y por fin, clavábamos el bote, dejando la piedra dentro, con lo que el gas debía salir por el agujerito. Previamente, por precaución, teníamos preparado un palo de medio metro o más con unas cerillas atadas a la punta. Ahora le tocaba el turno al más valiente, al mayor o al propietario de la piedra, que tenía el privilegio de encender.  Se encendían las cerillas de la punta del palo con otra cerilla suelta, y, alargando el brazo hacia el bote, agachado a ras de suelo, se acercaba la llama al gas que salía por el agujerito cada vez  con mayor presión. La explosión era impresionante e instantánea, pudiendo subir el bote diez o doce metros por los aires. Inmediatamente recuperábamos la piedra, si es que no se había deshecho del todo, y la secábamos y guardábamos para la siguiente vez. ¡Y pensar, pasado el tiempo, que jugábamos con el peligrosísimo acetileno, gas del carburo, que se utiliza para cortar y soldar el acero!.

Después de una hazaña de estas, aún quedaba contarlo, corregido y aumentado, como debía  ser.

También los enredos con la pólvora, con los petardos y con las bombas que estallaban al estrellarlas contra el suelo, que vendía el Matías, el caramelero de  las fiestas, tenían su “aquel” y nos deparaban emocionantes ratos y algún que otro quebradero de cabeza.

Hubo unos cristales rotos del ventano de la cochera al corralillo, cuya causa desvelo después de tanto tiempo, y no es otra que un mal cálculo de la pólvora que estalló dentro de un tubo de caña. Decía padre, -¿Quién habrá tirado una piedra desde la calle de arriba, de la subida a la Iglesia?  Yo callaba.

Aunque parezca mentira, con la pólvora hicimos pequeños cohetes que llegaron a subir algunos metros, de manera similar a los que se tiran en las bodas.

 

 

Ramón

Autor: palabraypoesiarfdez

Disfruto buscando la belleza en la poesía, la literatura, la música y la Naturaleza.

2 pensamientos en “CARBURO

  1. Maravillosa inocencia que desconoce el riesgo. Una vez más, gracias, Ramón.
    Un fuerte abrazo.

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