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Artículos literarios y poesía


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EL HUERTO DEL ABUELO

EL HUERTO DEL ABUELO

 

 

-Vamos al huerto, abuelo,

Te ayudaré a regar

Y me enseñas el nido

A ver si ya han nacido

Los pajarillos.

-Vamos, tunante

Pero meriendas antes

Que estás hecho un tirillas.

 

De camino a las eras,

 

-¿Qué le pasa a ese pájaro

Que no puede volar?

-Un engañapastor,

No corras detrás de él,

Que no le vas a pillar,

Se hace el herido

Para alejarnos del nido

-¿Y el nido del huerto?

-Ves esa cardera,

Si te asomas con cuidado

Verás a la madre

Echada en los huevos,

Pero no lo toques

Pues los aborrece.

-¡Es una chirriona!

¡Ha echado a volar!

Tiene cinco huevos

¡Déjame dar a la noria!

-¡Ves como no puedes!

Anda chimiluces,

Tráeme el cunacho

Y vamos metiendo

Un par de  lechugas

Que van espigando

Los tomates rojos

Perejil, pepinos

Y las zanahorias.

Vámonos a casa

Que va siendo tarde

Y viene la fresca

-Abuelo, te ayudo

A llevar el cesto

 

Ramón

 

 


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ABUELO DE CORAZÓN

RECUERDOS

 

Amigos de las letras, hoy comienzo la entrega de una serie de entradas semanales en prosa. Se trata de pequeños relatos en los que trato de dar forma a algunos recuerdos de mi infancia en un pequeño pueblo de Castilla la Vieja, Encinas de Esgueva, de la provincia de Valladolid. Son recuerdos amables, quizás un poco idealizados por el paso del tiempo y la distancia, pero aún vivos. De la mano de mi abuelo Belino, al amparo de su bondad y paciencia, voy desgranando pequeñas historias cotidianas que parecen de otro tiempo y no quiero que mueran del todo, sin otra pretensión que el recuerdo cariñoso y agradecido.

 

Ramón

 

RECUERDOS

 

ABUELO DE CORAZÓN

 

Me envolvía, de tan cercana, la respiración pausada del abuelo. Apuntaban aún muy tenues las primeras luces por los cristales empañados. No sé si dormía o sólo descansaba con los ojos cerrados;  de una u otra forma me transmitía una sensación tan entrañable de sosiego y protección, que aun la  guardo intacta en mi memoria después de tanto tiempo. En el duermevela de esas negras noches, tan frías y largas, al filo  del alba, invariablemente oía, ya despiertos, a mis padres. Hablaban un rato más o menos largo, tras el que sentía el ruido suave de las zapatillas de madre bajando las escaleras hacia la cocina, al tiempo que padre abría la puerta de la habitación del abuelo. Inclinado sobre la cabecera de su cama, le daba un beso al  tiempo que repetía el saludo idéntico cada día: “Buenos días tenga usted, ha descansado usted, bien y usted, bien gracias a Dios”.

 

El abuelo Belino, a mis ojos de niño, siempre era igual, menos los domingos y fiestas que cambiaba de ropa, pero también era la misma ropa la de todos los domingos y fiestas.  Tenía para mí esta cualidad un valor inestimable, me reportaba calma, y disipaba casi todos mis miedos.

El abuelo era grande, y, yo diría que no tenía aristas, por eso sus abrazos sabían a gloria. Lo mismo sus palabras, las pocas que decía, que iban siempre cargadas de cariño e inocencia. Cuando estaba sentado  al sol o en el sofá, siempre tenía a alguno de nosotros  en sus rodillas. Era el lugar perfecto. Desde los tres hasta los seis años, que es cuando empezábamos la escuela, llenábamos buena parte del día  a su lado, disfrutando de su compañía.

Al abuelo Belino le rodeaba día y noche  un aura de cariño muy especial;  ya fuera comer a su lado, sentarse con él en el sofá, acompañarle por leña, ayudarle en pequeñas tareas en el sotechado como limpiar almendrucos o nueces, era siempre de nuestro agrado, pero, quizás el mayor privilegio era dormir con él, envuelto por su bondad y cariño.

Siendo tantos hermanos, ocho, con dos años de diferencia uno de otro, cuando nacía un nuevo hermano, dejaba el anterior la habitación de nuestros padres, y de allí pasaba a dormir con el abuelo, y el que dormía con el abuelo, pasaba a la cama de al lado con otro hermano, también en la habitación del abuelo.

Al ir a dormir, se persignaba, rezaba un padrenuestro por la abuela que en paz descanse, y decía, “Santa Mónica bendita, madre de San Agustín, cuida de mi alma esta noche, que yo me voy a dormir”

Algunos domingos y fiestas que no había escuela, ni por qué madrugar, era frecuente que nos juntáramos, ya despiertos, varios hermanos en la cama del abuelo. Escuchaba nuestras pequeñas cosas con sonrisa y paciencia infinitas y nos contaba alguna inocente historia, también pequeña y clara como su vida.